Torturas y esclavitud sexual: el cruel destino de las mujeres yazidíes en manos de Daesh

05/Ene/2017

ABC, España, Por María Jesús Guzmán

Torturas y esclavitud sexual: el cruel destino de las mujeres yazidíes en manos de Daesh

La activista y periodista yazidí Nareen
Shammo cuenta que «más de 4.000» miembros de la minoría étnico-religiosa
permanecen secuestrados por el grupo terrorista
Cuando Nareen Shammo (Irak, 1986) escucha
hablar a las mujeres yazidíes que han logrado escapar de las garras de Daesh,
no puede creer que todo lo que le cuentan sea cierto; más bien piensa que está
viviendo una pesadilla. «Imagina que estás hablando con una niña de 12 años.
Han matado a su padre y no sabe nada de su madre ni de sus hermanas… ¿Qué vida
le espera? ¿Cómo se le puede ayudar? Esta gente está viviendo una vida muy
difícil», explica la periodista a ABC. Los yazidíes —una minoría étnico-religiosa
que vive entre Siria e Irak y a la que también pertenece Shammo— sufren las
iras de un Daesh que divide sus familias, mata a sus hombres y a sus ancianas,
adoctrina a sus niños para hacer la yihad y utiliza a sus mujeres como esclavas
sexuales. Es de esperar que las historias que llegan hasta Shammo sean
desgarradoras; muchas, incluso, se le quedan enquistadas en la memoria. «Todos
los testimonios son horribles, pero hay uno que me ha impactado más que los
demás. Terroristas de Daesh obligaron a una mujer yazidí a la que tenían
secuestrada a leer el Corán. Como era analfabeta y no podía, la castigaron.
Cortaron a su hija, una niña, en pedazos y obligaron a la madre a cocer los
trozos en agua hirviendo. Me lo contó otra mujer que sí que consiguió escaparse»,
recuerda.
He conocido a mujeres que han sido vendidas
y esclavizadas, he visto mucho sufrimiento… Me sentía en el compromiso de
ayudarles.
Shammo decidió aprovechar sus conocimientos
en Periodismo para denunciar la situación por la que pasa su pueblo, caído en
desgracia. Su objetivo estaba claro. Investigar y grabar documentales, reflejar
el genocidio de Daesh contra la vulnerable minoría yazidí. «He conocido a
mujeres que han sido vendidas y esclavizadas, he visto mucho sufrimiento… Me
sentía en el compromiso de ayudarles. Me olvidé de mí misma y dejé de pensar en
las consecuencias, en lo que podía pasarme a mí», explica la activista, que,
desde que grabó el documental «Slaves of the Caliphate» («Esclavas del Califato»)
para la cadena británica BBC, recibe amenazas de Daesh. Refugiada en Alemania,
es ahora cuando ha empezado a tomar conciencia de los peligros a los que se
enfrenta. «Antes no pensaba en mí para nada, solo me centraba en mi trabajo y
en la gente. Pero ahora, después de recibir las amenazas de muerte, tengo más
cuidado. Aunque sigo haciendo lo que quiero, tengo más cautela», cuenta la
periodista en la sede madrileña de la ONG Amnisitía Internacional. Su mirada
refleja cansancio. Los días de actividad frenética para dar a conocer el caso
yazidí han hecho mella en su salud. Con la fiebre quemándole el cuerpo,
aterrizó en Madrid en una visita relámpago, después de recorrer la geografía
española en una gira meteórica.
Unmute
Progress: 0%
Un avance muy lento
La periodista considera que el apoyo que
recibe su comunidad, tanto dentro como fuera de su región, es insuficiente. Sin
embargo, hay acontecimientos, salpicados, que hacen pensar que el mundo empieza
a despertar y concienciarse de la situación de los yazidíes. Aunque muy poco a
poco, la actividad de Shammo, como la de otras activistas, está dando sus
frutos. El acoso al que está siendo sometido su pueblo es cada vez más visible.
Ejemplo de ello es que el pasado 13 de diciembre Nadia Murad y Lamiya Aji Bashar,
supervivientes yazidíes del cautiverio de Daesh, se hicieron con el Premio
Sájarov 2016 a la Libertad de Conciencia, un galardón que concede el Parlamento
Europeo. En su sede de Estrasburgo, las dos mujeres contaron su historia.
Lamiya, de 18 años, fue vendida por Daesh hasta cuatro veces. Junto a otras dos
esclavas —una amiga suya y una niña de nueve años—, consiguió escapar. En plena
huida, su amiga pisó una mina terrestre que las mató a ella y a la pequeña y
que desfiguró el rostro de Lamiya. Por su parte, Murad, a sus 21 años se ha
convertido en la cara más conocida de la lucha de los yazidíes contra el
autodenominado Estado Islámico. Violada y torturada por los yihadistas durante
tres meses, perdió a seis de sus nueve hermanos y a su madre.
Nadia Murad y Lamiya Aji el pasado 13 de
diciembre en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, donde recibieron el
premio Sájarov 2016
Nadia Murad y Lamiya Aji el pasado 13 de
diciembre en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, donde recibieron el
premio Sájarov 2016- AFP
Desde 2014, año en que Daesh invadió Sinjar
—región iraquí en que se concentra el grueso de los yazidíes— la vida de los
miembros de esta comunidad se ha convertido en un infierno, sobre todo, la de
las chicas jóvenes que, como Murad y Lamiya, son convertidas en esclavas
sexuales. Muchas de ellas, al verse cautivas de Daesh y sin esperanza de
recuperar sus vidas, intentan suicidarse. «Algunas se han cortado las venas,
otras se han quemado vivas, otras se han lanzado al vacío desde edificios muy
altos, otras han saltado desde un coche en marcha… algunas de ellas tenían ocho
años y se han muerto al ser violadas varias veces, su cuerpo no lo podía
resistir», relata Shammo. Yolanda Vega, responsable sobre Irak de Amnistía
Internacional, recuerda el caso de una madre que fue capturada con sus hijos:
«Las niñas fueron vendidas. Cuando terminó el secuestro y fueron liberadas, la
más joven se suicidó. La hermana cuenta que a su propio trauma, causado por la
muerte de sus familiares, se suma cuando llegó al hospital a ver a su hermana
moribunda: no soportaba los recuerdos. Tenía 11 años cuando fue capturada, 13
cuando se mató».
Nareen Shammo en la sede de Amnistía
Internacional en Madrid
Nareen Shammo en la sede de Amnistía
Internacional en Madrid- AMNISTÍA INTERNACIONAL
En «Slaves of the Caliphate», Shammo habla
con jóvenes que han logrado escapar de las garras de los terroristas. Según
cuenta, lo que podría parecer una tarea casi imposible, no es tan complicado:
«Habían sufrido mucho y, del “shock”, querían hablar sin saber lo que estaban
diciendo. Hablar, hablar y hablar. Con cualquiera. No pueden creer lo que está
pasando en su vida. Lo único que es común estas chicas es que no pueden aceptar
su situación». Shammo también se pone en contacto con las familias de las
chicas que aún están secuestradas, aunque muchas se muestran desesperanzadas.
«Yo solía intentar dar esperanza a esas personas y les decía que la vida iba a
ser mejor al día siguiente, que iba a salir el sol. Pero eso no quitaba que
cuando llegaba a casa me pasase todo el tiempo llorando. Yo misma perdí toda la
esperanza, me encontré sin motivación, sin fuerza», rememora con un tono de voz
firme y la mirada gélida y profunda de quien ha sido testigo del sufrimiento
humano. Ahora, tiene la vista puesta en el futuro: «Lo más importante ahora es
pensar en las 4.000 personas que están capturadas por Daesh. Después de
salvarlas, vamos a pensar en el futuro de los yazidíes, así como de otras
minorías. Hay mucha necesidad de protección internacional».
Pasividad en la comunidad internacional
Como explica Vega al otro lado del
teléfono, «las supervivientes presentan traumas a nivel psicológico porque los
horrores que han vivido son tremendos: esclavitud sexual, torturas, separación
de los hijos, muerte de la familia. Cuando son liberadas no tienen medios para
superarlo». Muchas, viven en la indigencia, ya sea en campamentos o en las
calles: a veces, las familias empeñan todo lo que tienen para pagar un rescate
por ellas a los militantes de Daesh. Y luego no pueden acudir al médico ni
recibir el tratamiento psicológico que necesitan. Para Shammo, ya era de
esperar que nadie pudiese prevenir la masacre: «Al principio la comunidad
europea e internacional ni siquiera sabía que existiéramos. No esperaba que
pudieran evitar nada». Sin embargo, Vega asegura que ahora la situación es
diferente; el problema ya se conoce, pero «no hay una respuesta en conjunto. En
Alemania existe un programa para traer a más de 1.000 supervivientes. Pero es
una respuesta puntual. Se necesitan más programas, más proyectos, una respuesta
conjunta».
Daesh no podía atacar a la población civil,
pero lo ha hecho. Ha atacado a las minorías de forma sistemática. Es un crimen
de lexa humanidad.
Yolanda Vega, responsable sobre Irak de
Amnistía Internacional
Ambas coinciden en señalar la falta de
respaldo por parte del Gobierno iraquí. Según Vega, «pone problemas
burocráticos para conseguir papeles y viajar». Algo a lo que Shammo añade la
ineficacia del Ejecutivo kurdo: «Son el que está más cerca de mi región,
Sinjar. Pero han escurrido el bulto y han dejado que los yazidíes se enfrenten
solos a su destino. Ahora tampoco están haciendo nada. Pueden contribuir a dar
apoyo psicológico a las mujeres y tampoco lo están haciendo». La misma ausencia
de apoyo achaca la periodista a la comunidad internacional. «Es una vergüenza
que estén en silencio cuando hay mujeres que son vendidas, niños metidos en el
mundo de las armas… en pleno siglo XXI. No se puede estar ciego cuando esas
cosas están pasando», se lamenta quien, en 2014, pasó a ser miembro del grupo
de trabajo de trabajo de Minorías de la ONU. Una organización que «ni hace
promesas ni sabes cuándo funciona. No hay esperanza», declara tajante la
activista.
Puesto que ya no se puede volver atrás y
deshacer el daño causado, Vega aboga por que se investigue lo que ha pasado,
que las autoridades iraquíes ratifiquen el Estatuto de Roma y declaren que la
Corte Penal Internacional tiene competencia sobre la situación de Irak en
relación con todos los crímenes que se han cometido en el conflicto. Además,
«se exige que cuando hay un conflicto, se respeten las leyes. Daesh no podía
atacar a la población civil, pero lo ha hecho. Ha atacado a las minorías de
forma sistemática. Es un crimen de lexa humanidad que ellos justifican
escudándose en que se trata de la interpretación de la sharia (ley islámica).
Una forma de evitar que pase algo así en el futuro es que se rindan cuentas.
Así, quizás, la próxima vez se lo piensen. La impunidad es el caldo de cultivo
para que este tipo de violaciones vuelvan a surgir».
Familia yazidí desplazada en enero de 2014
Familia yazidí desplazada en enero de 2014-
REUTERS
¿Quiénes son los yazidíes?
El yazidismo, una religión tan minoritaria
como desconocida, se remonta al año 2.000 a.C y tiene sus raíces en el
zoroastrismo, filosofía basada en las enseñanzas del profeta y reformador iraní
Zoroastro o Zaratustra. La mayoría de sus seguidores vive al norte de Irak, en
la frontera con Siria, en una región que fue asediada, destruida y pisoteada
por Daesh en 2014: Sinjar. Para los yihadistas son «adoradores del diablo»:
veneran a Malak Tawus, el Ángel del Pavo Real, el diablo para cristianos y
musulmanes. Como explica Shammo, su pueblo «ha sufrido 74 ataques a través de
toda la historia». Algo que la periodista no entiende: «Somos tachados de
infieles, pero eso no es cierto. Tenemos mucho respeto a la naturaleza y a
través de ella hemos llegado a conocer a Dios».